Hay una manera de mirar la sociedad que consiste en buscar siempre arriba.
En las élites, en los gobiernos, en los grandes poderes económicos, en quienes toman decisiones, en quienes ocupan los titulares. Como si todo lo importante ocurriera necesariamente en la parte superior de la sociedad.
Pero quizá estemos mirando mal.
Quizá haya que mirar hacia el centro. Hacia ese núcleo aparentemente invisible donde está la gente corriente, la vida cotidiana, las relaciones humanas y los afectos. Porque es ahí donde, en realidad, se mueve buena parte del mundo.
Y para entenderlo basta, a veces, con mirar a un perro.
Un perro tiene una manera extraordinaria de mirar la vida. No necesita comprender nuestras jerarquías, nuestros cargos, nuestras ambiciones ni nuestras contradicciones. No sabe qué puesto ocupamos, cuánto dinero tenemos o qué importancia creemos tener.
No le interesa.
Un perro sabe algo mucho más sencillo:
quién eres.
Y quizá por eso sus ojos tengan algo que nosotros hemos ido perdiendo.
Nosotros miramos demasiado con nuestros propios ojos: con nuestros prejuicios, nuestras expectativas, nuestras ambiciones y nuestros intereses.
El perro parece hacerlo de otra manera. Mira sin preguntar demasiado, sin exigir explicaciones, sin colocar a nadie por encima o por debajo.
Simplemente mira.
Y, cuando quiere, se queda.
Cuando tienes un mal día, un perro no intenta darte una conferencia sobre cómo resolver tu vida. No te pregunta qué has hecho mal. No te recuerda tus errores.
Se queda contigo.
Está.
Acompaña.
A veces se tumba a tu lado mientras guardas silencio.
Y quizá ahí exista una de las formas más sencillas y profundas del afecto:
estar presente cuando no hay nada que decir.
Vivimos, sin embargo, en una sociedad que habla demasiado y escucha demasiado poco. Parece imprescindible tener una opinión sobre todo, una respuesta para cualquier problema y una explicación para cada fracaso.
Pero hay momentos en los que no hace falta explicar nada.
Hace falta estar.
Y eso también es política.
Porque la política no debería consistir únicamente en administrar instituciones, aprobar presupuestos, ganar elecciones o conquistar espacios de poder.
Debería consistir, sobre todo, en comprender a las personas.
Y para comprender a las personas hay que saber mirarlas.
Ahí aparece otra de las grandes lecciones que puede enseñarnos un perro: nunca necesita colocarse por encima de ti para relacionarse contigo.
No te mira desde arriba.
Te mira desde el mismo lugar en el que estás.
Puede parecer una diferencia pequeña, pero encierra una enorme carga política.
Porque una política que mira permanentemente desde arriba termina alejándose de la sociedad.
Puede tener magníficos discursos, excelentes asesores, estrategias brillantes y datos impecables.
Puede incluso ganar elecciones.
Pero si pierde el vínculo con las personas, pierde lo esencial.
La política necesita talento, naturalmente.
Necesita conocimiento, preparación, capacidad y estrategia.
Pero necesita también algo que no se aprende fácilmente en ninguna universidad:
afectos.
Porque el talento puede hacer que alguien llegue lejos.
El afecto consigue que la gente quiera caminar contigo.
Y esa diferencia importa mucho.
Un perro lo sabe perfectamente.
Por eso termina convirtiéndose en parte de la familia sin necesidad de que nadie haya firmado ningún papel.
Puede ser un hijo, un amigo, un compañero y hasta ese peculiar “jefe de gabinete” que permanece atento a todo lo que sucede en casa.
Está ahí.
Forma parte de nuestras rutinas.
Nos espera cuando llegamos.
Nos acompaña cuando estamos solos.
Y cuando un día se va, comprendemos hasta qué punto estaba presente.
Porque no se pierde solamente un animal.
Se pierde una rutina.
Una mirada.
Una compañía.
Un saludo al llegar.
Una presencia silenciosa.
Una parte de nuestra vida.
Se ha dicho que, hasta que uno no ha amado a un animal, una parte del alma permanece dormida.
Y quizá sea precisamente eso lo que ocurre.
El amor despierta partes de nosotros mismos que no sabíamos que estaban ahí.
Y cuando ese amor desaparece, duele porque aquello que estaba dormido ya había despertado.
Por eso los ojos de un perro son también una forma de conocimiento.
Nos enseñan que la confianza se construye.
Que la lealtad no se proclama: se demuestra.
Que acompañar puede ser más importante que hablar.
Que mirar a alguien sin juzgarlo puede convertirse en una de las formas más profundas de quererlo.
Y, sobre todo, nos recuerdan algo que también sirve para la política:
las relaciones humanas no se construyen únicamente sobre el talento.
Se construyen sobre los vínculos.
Por eso quizá deberíamos empezar a mirar la política de otra manera.
No desde arriba.
No solamente desde las cúpulas.
No únicamente desde los despachos.
Sino desde el centro.
Desde donde está la gente.
Desde sus preocupaciones, sus ilusiones, sus miedos, sus pequeñas alegrías y sus grandes decepciones.
Porque ahí está la verdadera sociedad.
Y quizá por eso un perro pueda enseñarnos algo que muchos políticos olvidan:
no hace falta estar por encima de las personas para dirigirlas.
Primero hay que saber estar a su lado.
La política es talento y afectos.
Pero, si me obligaran a elegir, me quedaría con los afectos.
Porque el talento puede convencer.
El poder puede imponer.
La estrategia puede ganar.
Pero solamente el afecto consigue algo mucho más difícil:
que alguien quiera seguir caminando contigo cuando ya no tienes nada que ofrecerle salvo tu propia compañía.
Eso lo sabe un perro.
Tal vez porque nunca necesitó aprenderlo.
Y quizá seamos nosotros quienes deberíamos recordarlo.
Blas Ballesteros Sastre
Abogado y politólogo



