A veces hay escenas que, sin hacer ruido, describen mejor una época que cualquier estadística. Basta entrar en una cafetería, subir a un autobús, escuchar atentamente o sentarse a la mesa de cualquier hogar. Allí están padres e hijos compartiendo el mismo espacio, pero no necesariamente el mismo momento. Cada uno sostiene una pantalla. Cada uno mira un universo distinto. Están muy solos aunque sus brazos puedan rozarse. Las conversaciones se interrumpen por una notificación, las preguntas esperan a que termine un vídeo y los silencios ya no son cómodos: simplemente están ocupados.
No creo que estemos ante un problema de mala educación. Estamos ante un cambio cultural de enormes dimensiones. Nunca una generación había tenido acceso a tanta información y, al mismo tiempo, había convivido con tantos estímulos capaces de impedir que esa información se transforme en conocimiento. Sabemos muchas cosas, pero conocemos pocas. Hemos aprendido a reaccionar muy deprisa, aunque cada vez nos cuesta más detenernos a comprender.
Mi padre tenía mayor conocimiento que yo, aunque yo tenga mucha información.
Hace unos días, el filósofo y pedagogo José Antonio Marina lanzaba una reflexión que merece ser escuchada. Decía que uno de los grandes errores educativos ha sido transmitir a los jóvenes que lo único importante es su felicidad y que alcanzarla resulta fácil. La frase incomoda porque desmonta uno de los relatos más repetidos de nuestro tiempo: la idea de que todo debe ser inmediato, sencillo y gratificante.
Sin embargo, la experiencia desmiente esa promesa. Lo verdaderamente importante nunca ha sido fácil. Aprender un idioma requiere años. Dominar una profesión exige disciplina. Construir una familia necesita paciencia. Mantener una amistad implica generosidad. Incluso la felicidad, cuando llega, suele hacerlo como consecuencia de una vida llena de sentido, no como un producto que pueda obtenerse con un solo clic. Y por esa incapacidad de alcanzar la felicidad o la serenidad, cual Sísifo en el monte, hay cada vez mayor demanda en cuanto a la atención en salud mental.
Quizá por eso preocupa observar cómo el tiempo dedicado a la lectura, al debate o a la contemplación va siendo sustituido por un consumo incesante de contenidos cada vez más breves. No hablamos únicamente de redes sociales. Hablamos de una cultura que premia la velocidad por encima de la profundidad y la emoción instantánea por encima del pensamiento.
Muchos jóvenes apenas conocen ya a los grandes escritores que dieron forma a nuestra lengua. Les resultan familiares los nombres de los creadores de contenido más populares, pero no los de Cervantes, Machado, Delibes o Carmen Martín Gaite. No damos a los niños y niñas espacios óptimos para la lectura. En verano, recuerdo al tener yo once o doce años, debía leer algún libro acorde a mi edad y subrayar únicamente los adjetivos que encontrara. ¡Tal era la atención que debía poner en la tarea!
El cine deja paso a vídeos de treinta segundos. La historia se resume en un carrusel de imágenes. La actualidad cabe en un titular. Y la filosofía parece haber desaparecido del lenguaje cotidiano precisamente cuando más la necesitamos. Y si dura todo demasiado (demasiado son noventa segundos) podemos deslizar y avanzar la velocidad a «1,25x».
Sería injusto responsabilizar exclusivamente a los jóvenes. Ellos no diseñaron los algoritmos que compiten por captar su atención. No inventaron las plataformas que monetizan cada segundo de permanencia. No decidieron que el éxito se mida en visualizaciones, seguidores o reacciones. Han nacido en un ecosistema construido por los adultos y sería demasiado cómodo señalarles mientras ignoramos nuestra propia responsabilidad.
La cuestión de fondo no es tecnológica. La tecnología, utilizada con inteligencia, es una herramienta extraordinaria. Un cuchillo, que también es tecnología, ¿es bueno o malo? Depende.
Nunca fue tan fácil acceder a una biblioteca, aprender programación, estudiar astronomía o escuchar una conferencia de una universidad situada al otro lado del mundo. El problema comienza cuando dejamos de utilizar la tecnología para aprender y empezamos a utilizarla únicamente para distraernos.
Mientras tanto, otros países continúan invirtiendo en lectura comprensiva, ciencias, matemáticas, idiomas y pensamiento crítico. No porque rechacen la innovación, sino porque saben que competir en el siglo XXI exige ciudadanos capaces de concentrarse, resolver problemas complejos y pensar con autonomía. La verdadera brecha del futuro quizá no sea económica. Será intelectual.
Una democracia necesita ciudadanos informados. Pero, sobre todo, necesita ciudadanos capaces de distinguir un dato de una opinión, un argumento de un eslogan y una verdad incómoda de una mentira atractiva. Esa capacidad no nace del consumo compulsivo de vídeos. Nace del hábito de leer, escuchar, discutir y pensar.
Todavía estamos a tiempo. No dejemos que la costumbre sea aquella derrota silenciosa que profetizan. Basta entrar en una biblioteca, en una universidad o en un laboratorio para comprobar que existe una juventud brillante, curiosa y comprometida. No todo está perdido. Aunque de entre treinta alumnos, veintinueve claudiquen, habrá valido la pena que uno solo de ellos se salve.
Y precisamente porque no está todo perdido, conviene reaccionar antes de que confundamos definitivamente entretenimiento con cultura, información con conocimiento y velocidad con inteligencia.
Quizá la gran revolución pendiente no consista en inventar una nueva tecnología. Quizá consista, simplemente, en recuperar algo que nuestros abuelos hacían sin darle importancia: sentarse a hablar, leer un buen libro y dedicar tiempo a pensar. Porque una sociedad que solo sabe deslizar el dedo sobre una pantalla corre el riesgo de olvidar cómo se pasa una página. Y cuando dejamos de pasar páginas, también dejamos de escribir nuestro propio futuro.



