Aquel día, decidimos ofrecer un poco de respiro a los niños desplazados de las regiones devastadas. En nuestro equipaje llevábamos cajas educativas y lúdicas destinadas a aquellos cuyos sueños se habían hecho añicos contra el yunque de la guerra. Se organizaban talleres aquí y allá; uno de ellos, dedicado a la «Astronomía por la paz», buscaba desviar esas miradas fijas demasiado pronto en las explosiones y las ruinas. Queríamos que sus ojos abandonaran la tierra ensangrentada para perderse en la inmensidad del firmamento. Allí arriba, el silencio es vasto y acogedor; allí arriba, el infinito ignora la furia de los hombres; allí arriba, la paz permanece eterna, pues la humanidad aún no ha dejado allí su huella.
Sin embargo, un niño se mantenía al margen, encerrado en un rechazo feroz.
Intrigada, me acerqué a él. Una animadora, diseñadora y profesora universitaria, animada por la pasión de transmitir, intentaba con paciencia romper su coraza. Al final, le sugirió que coloreara un grafiti compuesto por palabras del espacio. Es una artimaña que, por lo general, conquista a los preadolescentes: este arte de la ruptura, con sus letras entrelazadas y retorcidas, parece hacer eco del caos de su propio mundo. Al principio reacio, acabó cediendo al movimiento del rotulador.
Me alejé para dar una vuelta por los demás talleres. Cuando volví, media hora más tarde, la hoja de grafiti se había transformado en una fascinante cartografía. El niño, Abdallah, que hacía un momento estaba abatido, ahora estaba pendiente de cada palabra de su profesora, bebiendo de cada una de ellas. Bajo sus dedos, las letras se habían transformado en valles: los ríos y las ciudades del Líbano acababan de encontrar refugio en los intersticios del dibujo. Sus preguntas brotaban entonces como un manantial de montaña que se abre paso a través de la roca, con la fuerza indomable de un géiser por fin liberado.
Durante tres horas, el tiempo pareció detenerse. Ya no se trataba de un dibujo, sino de una expedición. Bajo la guía de su «madrina de las nuevas tierras», Abdallah viajaba de una región a otra, de letra en letra. En el papel de Philippa, los colores acabaron desbordando las fronteras nacionales para trazar rutas hacia Europa, China, África… Me quedé asombrada ante ese fervor geográfico en un ser que, unos instantes antes, rechazaba el mundo.
El sol se ponía. Abdallah tuvo que reunirse con su madre, no sin pesar. Mientras recogíamos nuestras cosas, me preguntaba por esa pasión que lo había encadenado durante tres horas a una ciencia tan árida, alejándolo de los juegos y los colores que suelen conformar el universo de los niños. Entonces mis ojos se encontraron con la ropa de las familias desplazadas, colgada en los balcones del centro como estandartes de angustia. Fue entonces cuando la respuesta se me reveló, fulminante.
El exilio es un desplazamiento ontológico, una «Gaia» que nos expulsa hacia un lugar desconocido y sin rostro. Como escribe Edgar Quinet, el verdadero exilio no consiste en ser arrancado de la propia tierra, sino en vivir en casa sin encontrar allí lo que la hacía agradable. Para ese niño al que le habían confiscado el presente y cuyo futuro era ilegible, las trayectorias se volvían magnéticas. Buscaba en ese mapa improvisado los fragmentos de un país que los discursos de segregación habían hecho pedazos; buscaba raíces que el fósforo había derretido; buscaba las huellas de lo que debería haber sido y que quizá nunca llegue a saber.
Porque las identidades necesitan tierra. Se construyen en la verticalidad de los árboles, en los cimientos de los edificios, en los tesoros que se esconden y en los pilares que sostienen el peso de la historia y las oraciones de la tarde. Se arraigan en esta tierra que ya no es solo tierra vegetal, sino el polvo mismo de nuestros antepasados, ese limo sagrado donde se entierran los cuerpos de los antepasados que nos legaron el deseo de continuar la cadena. Eso era lo que él rastreaba entre las líneas de color y las fronteras de tinta que Philppa le trazaba.
Buscaba una tierra inteligible. Quería fronteras dibujadas sobre el papel, pues allí, al menos, las órdenes de evacuación se quedaban impotentes. En esa geografía cromática, los territorios aún estaban a salvo. Aquí, en el hueco de un trazo, el almendro seguía dejando caer sus frutos sobre las cabezas de los niños traviesos. Llenaba su angustia por el vacío con lugares vírgenes, zonas «fuera del tiempo» a las que las bombas no podían llegar.
Entonces comprendí que, a falta de una tierra a la que ya no se pueda pertenecer, se pertenece a una tierra de papel, el único territorio cuyas fronteras de fieltro aún resisten el estruendo del mundo.
Ese niño me acompañará durante mucho tiempo. En sus ojos, donde el exilio proyecta sombras tristes, siempre veré el recuerdo de un país que echará de menos eternamente. Ese es el destino de los exiliados de la guerra: seres suspendidos entre dos mundos, que buscan en la geografía de lo imaginario otro atlas más clemente, otra patria, más visceral, la de los pueblos que ya no vomitan a sus habitantes y la de las tierras que ya no se tragan la identidad de los Abdallah exiliados.



